El éxito de las fintech no se mide por cuántas nacen, sino por cuánto hacen crecer la economía. Cuando una industria crece un 15% en un año, la reacción natural es celebrar. Y hay razones para hacerlo. El ecosistema fintech chileno continúa expandiéndose, más de la mitad de las empresas ya opera fuera del país y el sector se ha consolidado como uno de los polos de innovación más dinámicos de América Latina.
Pero quedarse solo con esas cifras sería un error. En economía, el crecimiento de una industria nunca es un fin en sí mismo. Lo verdaderamente importante es cuánto valor genera para el resto de la economía. Ese es el estándar con el que deberíamos medir hoy a las fintech chilenas.
Durante años, el sector estuvo enfocado en validar modelos de negocio, atraer inversionistas y demostrar que era capaz de competir con la banca tradicional. Esa etapa parece estar superada. Ahora comienza una mucho más desafiante: demostrar que puede aumentar la productividad del país.
¿Por qué es tan importante? Porque Chile enfrenta un problema que llevamos años discutiendo y que todavía no resolvemos: una economía que crece menos, invierte menos y cuya productividad avanza con demasiada lentitud. En ese escenario, la innovación financiera deja de ser solo un negocio atractivo y pasa a convertirse en una herramienta de desarrollo económico.
Cada vez que una pyme accede a financiamiento en mejores condiciones, que una persona obtiene un crédito con menor costo, que una empresa reduce tiempos administrativos o que disminuyen las fricciones en los medios de pago, no solo gana un cliente. Gana eficiencia toda la economía.
Ese es el verdadero aporte que deben hacer las fintech.
La buena noticia es que Chile tiene ventajas competitivas importantes. Contamos con una banca sólida, un alto nivel de digitalización, consumidores abiertos a adoptar nuevas tecnologías y un marco regulatorio que, con la Ley Fintech, comenzó a entregar mayor certeza al desarrollo de la industria.
Sin embargo, el escenario también cambió.
Hoy las fintech ya no compiten únicamente entre ellas ni con los bancos. También deben enfrentar a grandes plataformas tecnológicas que están incorporando servicios financieros apoyados en inteligencia artificial, analítica avanzada y ecosistemas digitales integrados. La velocidad de innovación será cada vez mayor y la ventaja competitiva durará cada vez menos.
Por eso el próximo desafío ya no es crecer. Es escalar con rentabilidad, internacionalizarse sin perder competitividad y, sobre todo, generar soluciones que tengan un impacto económico medible.
Muchas veces confundimos digitalización con innovación. No son lo mismo. Digitalizar un proceso existente mejora la experiencia del usuario. Innovar significa cambiar la forma en que se asigna el capital, se reduce el riesgo o se amplía el acceso al sistema financiero. Esa diferencia es la que finalmente mueve la aguja del crecimiento.
Creo que llegó el momento de cambiar la conversación. En lugar de preguntarnos cuántas fintech existen o cuánto capital levantaron este año, deberíamos preguntarnos cuánto contribuyeron al crecimiento de las empresas, a la inversión, a la productividad y a la inclusión financiera.
Porque las industrias innovadoras no se consolidan cuando aparecen más startups. Se consolidan cuando dejan una huella en la economía.
Las fintech chilenas ya demostraron que pueden crecer. Ahora les toca demostrar algo mucho más relevante: que también pueden ayudar a que Chile vuelva a crecer.
Alejandro Urzúa – Analista económico FEN UNAB y OpenBBK















































